sábado, 3 de octubre de 2015

¡AY, LA TELEVISIÓN!

Hace unos quince minutos le vimos, se escucho a alguien del público.
¡Joder, quince minutos. ¡Aquí no hay movil que funcione!¿Tú no lo encuadrabas con la cámara?. Se oía gritar.
Sí y luego nos acercamos al punto kilométrico donde comenzaba la niebla, sacalo me dijeron por el pinganillo. El conductor de la moto se encogió de hombros y dijo ¡bastante tenía yo con seguir la carretera!
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En las noticias de la televisión se mostraban imágenes de la niebla que aún cercaba la montaña, mientras otra más pequeña, a la derecha de la pantalla, enseñaba una fotografía del desaparecido. El locutor narraba sus logros deportivos y explicaba que aunque la carrera terminó ayer por la tarde, la policía continuaba la busqueda de Luis España.
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Yo le vi bajar por el senderillo que tienen hecho las ovejas. Le grité ¡eh,eh!, me miró y seguí camino. Iba muy rápido, por lo tanto me volví otra vez para decirle: ¡la curvilla es muy jodia y tiene un bache muy cabrón!.
Hombre yo no supe quién era, hasta que lo dijeron en las noticias.
A mí raro, ya nada me lo parece.
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Mire, he sido compañero suyo seis años. Todos sabemos que ha sido un crack como deportista y a mí me ayudó mucho cuando empezé.
Como persona era extraordinaria. A su familia la ayudó mucho como todos sabemos.
Oiga usted 'esa pregunta entra en temas personales, tenga un poco de educación!.
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Han pasado siete años desde la desaparición de Luis España y aquí tenemos su libro, aunque nadie sabe si es suyo o no. No hay ninguna cuenta a su nombre y nadie sabe donde vive.
La reseña y el prólogo del libro la escribe una tal Arcadia Anota y dice:
Este libro no es un diario ni la novela de una vida. Es un personaje que aprovechó el momento oportuno para no ser el primero en llegar a la meta. Una mujer a la que siempre amó esperó su llegada para ayudarle a hacer lo que siempre quiso: ESCRIBIR. Aunque para ello destruyera una vida plagada de victorias. Gracias por su atención.





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LA PIEDRA

Cuando llegué a casa de Alberto, me dijo que le acompañara, porque la vecina palmó y, tenía que ver si se había cerrado el gas y el agua. La casa olía a soledad, a rancio de persona mayor, y en la silla donde se sentaba, a muerto, pues en esa, la encontró la muerte. Alberto me dijo que estaba sola, nadie de familia, pues igual que tú, dije, que aunque tengas a tu hija, te amenazó con irse si no le dabas dinero, y por eso la mandaste a tomar por culo. Mira si quieres algo, porque el nuevo dueño vendrá y tirará todo, pintará la casa, pondrá muebles nuevos y la alquilará. Alberto abrió los cajones y miramos en ellos. Voy a llevarme esta caja con estos libros, las imágenes de las vírgenes y la piedra, le dije. Pues invítate a una caña, añadí, porque estoy tieso; eso está hecho, dijo Alberto, y le lié un cigarrillo para él y otro para mí. La piedra la puse encima de la valla del jardín y me olvidé de ella; las vírgenes por toda la casa. Fue al hacer el huerto, cuando volví a ver la piedra, por un lado cuarzo rojo, por el otro, pegado a él, una especie de grabado en piedra, parecido a celdillas. Me fumé un canuto y con los humos, descubrí de donde salía la piedra. En el monasterio de Fuentes, abandonado tiempos ha, pegado a la pared más alta del Pirineo aragonés, habitaban cinco monjes. Ahora eremitas, que, cortándose las lenguas para jamás volver a hablar, llegaron allá para expiar sus culpas, penas dolorosas por matar al pueblo de Ics, ordenado por sus superiores. Dedicaban sus vidas a orar, cultivaban la tierra cercana al río Escrito, y aliviaban las penas de los aldeanos, que llegaban en ocasiones, para que salvaran la vida de algún niño, presa de fuertes fiebres, atender algún brazo o pierna rotos, y en general atender a los necesitados. Nadie sabía sus nombres, y poco a poco se fue creando una aldea junto al monasterio. Cosa que se supo de inmediato en el castillo del marqués, pues dejaba de ingresar sus diezmos, y sus campos dejaron de ararse. Así que envió a sus treinta mejores hombres, para traer a todos los que allí vivían. Los que no quieran venir les arrancáis las orejas, ordenó. Poco antes de que llegaran, los aldeanos lo supieron y les dijeron a los monjes: como siempre, el poder debe mandar y el pobre obedecer, y si no tienes na, buena sea la muerte. Se reunieron los cien aldeanos dentro del monasterio y con la ayuda de los monjes…Sobre los arboles unas redes, sobre la senda, unas fosas. Los guerreros del marqués, confiaban en que sería sencillo, más cayeron en las trampas y despojados de sus armas y caballos, los encadenaron en el monasterio. Lo que ocurrió después ya se sabe, el marqués llamó al duque, coleguilla de pernadas, y juntando un ejército, arrasaron el monasterio, y tras enormes pérdidas de hombres, mataron a los monjes, les cortaron las orejas a los hombres, y a las mujeres las violaron y, una de ellas, presa de dolor, arrancó la piedra que aquí veis, y de padres a hijos, llegó a las manos de la vecina, que murió junto a la casa de Alberto y, la piedra, no tiene poderes, ni falta que hace, porque es bonita y me gusta mirarla. Y como todo, fin.